¿Camotes, batatas, yucas? El diario de a bordo de Cristóbal Colón y el problema de nombrar lo visto por primera vez

Uno de los aspectos que discutimos siempre en mis clases sobre Cristóbal Colón, generalmente en relación con la llamada “Carta a Santángel,” es el hecho de que su discurso sienta las bases para una mirada sobre América que ha dejado sus marcas desde el “descubrimiento” hasta la actualidad: la historia entera del continente, desde la era colonial, puede ser articulada alrededor de ideas como
la exuberancia natural, el mundo de los sentidos, la presencia de un factor “real maravilloso” que define la experiencia humana en estas tierras, e incluso de la idea del “buen salvaje” para pensar o representar a los habitantes nativos.

Leyendo esta semana fragmentos del primer Diario de a bordo, del que tenemos conocimiento y acceso a través de la transcripción de Bartolomé de Las Casas, nos encontramos en la clase con un panorama similar, no sólo porque las descripciones del ambiente y habitantes americanos son las mismas, sino también por el problema que plantea la voz de “El Almirante” a la hora de nombrar lo que encuentra. Increíblemente, muchas de las asociaciones (y confusiones) de Colón persisten hoy en día en los nombres de los alimentos, como lo se puede ver en el caso de los tubérculos.

En su diario, Colón hace referencia a una raíz a la que llama “niame” en los siguientes pasajes:

13 de diciembre (1492)

Dixeron los cristianos que, después que ya estavan sin temor, ivan todos a sus casas y cada uno les traía de lo que tenía de comer, que es pan de niamas, que son unas raízes como rávanos grandes que nacen, que siembran y nacen y plantan en todas estas tierras, y es su vida, y hazen de ellas pan y cuezen y asan y tienen sabor proprio de castañas, y no ay quien no crea comiéndolas que no sean castañas.

16 de diciembre (1492)

Tienen sembrado en ellas ajes, que son unos ramillos que plantan y al pie de ellos nacen unas raízes como çanahorias, que sirven por pan, y rallan y amasan y hazen pan de ellas, y después tornan a plantar el mismo ramillo en otra parte y torna a dar cuatro o cinco de aquellas raízes que son muy sabrosas, propio gusto de castaña. Aquí las ay más gordas y buenas que avía visto en ninguna tierra, porque también dizque de aquellas avía en Guinea. Las de aquel lugar eran tan gordas como la pierna.

Al parecer, Colón confunde en el diario lo que sería yuca / ñame / mandioca (niamas, Dioscorea), que él ya había visto en Guinea, con la batata /camote / boniato (ajes, Ipomoea). Actualmente, en muchos países de habla española se sigue alternando los nombres para referirse a uno u a otro. En inglés, “yam” y “sweet potato” también se usan indistintamente en algunas regiones y en otras hacen referencia a dos raíces diferentes (ver, por ejemplo, este post). Preparando la clase, pregunté entre amigos y colegas cómo se traduciría “yam” y “sweet potato” respectivamente al español y las respuestas fueron múltiples (y contradictorias!): muchos traducían la palabra “yam” (ñame) como camote, batatas o yuca…

 

camote

¿niame o aje?

En su carta, Diego Álvarez Chanca, médico que acompañó a Colón en su segundo viaje, hace referencia al mismo tubérculo:

Vienen aqui continuamente muchos indios é caciques con ellos, que son como
capitanes dellos, é muchas indias : todas vienen cargadas de ages, que son como nabos, muy excelente manjar, de los cuales facemos acá muchas maneras de manjares en cualquier manera. (84)

Y en la edición de la carta de Chanca a cargo de Cayetano Coll y Toste, el historiador puertorriqueño incluye la siguiente nota sobre la confusión entre niame y aje y hace referencia a estos alimentos en otros textos coloniales:

Colón los llamó ñame, niame ó iñame, porque así los
oyó nombrar en Guinea; pero el vocablo indio es aje. En el
Diario del primer viaje, 4 de Noviembre, se lee tambiém mames.
Las Casas confunde los ajes y las batatas. Oviedo sabe distinguirlos. En el Diario de Colón, 16 de Diciembre, se les llama ajes, y se hace una descripción de ellos. Pedro Mártir de Anglería—
Década tercera, libro V. cap III—dice: “También dicen que hay varias especies de ages y batatas ; pero los ages y las batatas las usan más como viandas ó frutas que para hacer pan, y como nuestra gente los rapos, rábanos, criadillas, nabos, zanahorias y cosas semejantes; pero principalmente las batatas,
que aventajan á las mejores criadillas de tierra, con cierta dulzura y suavidad maravillosa, principalmente si se dan con las mejores. (84)

De la nota de Coll y Toste, se deduce también una diferencia entre los ajes y las batatas, además de la existencia de diversos tipos de ellos, hecho que explica la confusión y alternancia ya mencionadas.

Otro texto decimonónico que repara en la referencia a los niames de Colón y teoriza sobre la confusión de éste es Cuba Primitiva, de Antonio Bachiller y Morales (1883). En la sección de “Vocabularios” se incluye una sección extensa sobre el “aje” que transcribo aquí parcialmente:

Age, ojea, axes. La mayor parte de los escritores de nuestras cosas americanas, han creído que el age, aje ó axe, que de los tres modos se ha escrito, es el ñame; pero basta leer la descripción de Pedro Mártir para salir de ese error. Lo extraño es para mí que en el se haya incurrido. Solo el modo de sembrarlo que explica, contraria la suposición. Se sembraban los ages, como las batatas, lo mismo que ahora; de sus tallos que nuestros campesinos llaman gulas muy acertadamente. El ñame de pequeños tubérculos ó hijos; que rodean al principal. Oviedo dice 11ue el age y la batata se parecen entre si como las variedades de la manzana. Oviedo no gustaba de ñame y dice de él: “fruta extranjera que vino con esta mala casta de los negros.” Es, pues, evidente que vino de Guinea; no es el age. En la lengua de Angola, name significa raiz comestible, como lo trae Prevost en su colección de viages, pag. 34 del t. 5.
Lo que si es cierto es que lo que ahora llamamos boniatos y otros malamente buniatos, y más mal moniatos, y peor muniatos, son los ages tan parecidos á las batatas, como que son convulvulos. Oviedo y Pedro Mártir no los confunden: dice Oviedo que son seis las clases de batatas y la mejor se llama aniguamar; Pedro Mártir cree que son infinitas las variedades de losages, pero la mejor se llama aniguamar. “Ages species innume rasunt”, dice: y nombra los siguientes: guaganax blanco por dentro y fuera; guaragüey violado fuera y cándido dentro; sasabeios (sasabeyos) rojo por fuera: squibetes, blanco dentro y
fuera; tuna rojo dentro y fuera; hobos, amarillos; atibunisix, violado con carne blanca ; aniguamar, lo mismo ; guacabacoca, blanco, de piel adentro rojo, y dice que aún quedan muchas más.

En el diario de viajes de Colon publicado por Navarrete, 4 de Noviembre de 1492, primer viaje, principia á tomar cuerpo el error que combato: ”Pastas tierras son muy fértiles: ellos las tienen llenas de mames,” confundió la raiz, “como zanahoria que tienen sabor de castañas,” con los ñames de Africa. El P. Las Casas pone una nota así: “Los ages ó batatas son éstas.” Navarrete agregó, que Oviedo distinguió los “ages de las batatas que son más pardas y mejores.”
En nota al día 13 de Diciembre, afirma Navarrete: “Niames ó ñames eran los ages, especie de batatas,” y cita las relaciones de los días 16 y 21 del mismo. Todo esto prueba lo antiguo del error; pero Colón habla en el texto de la planta de que se hacía el pan ó casabe que sabia cuando asado á castaña, de figura de grandes rábanos, y dice que se siembra de ramillos y así se cultiva, y en nada de eso se refiere al ñame. El almirante confundía á la yuca y al boniato, de hoy; era muy disculpable. Que él dijese que el age se encontraba en Africa, “diz que se encuentra en Guinea” porque tambien se halla allí la yuca con el nombre de mandiok. El Dr. Chanca tambien llama al age un nabo, “que es como nabo,” y cuyo buen sabor encomia, y que los caribes “lo llamaban nabi y los indios haje”, escribe con h la palabra.

No es posible que se aplique al ñame la variedad de colores que se encuentran en los ages ó boniatos. Esto no quita que hubiera otros ñames hasta silvestres en las Antillas, como lo asegura Córdova en su Memoria sobre- Puerto Rico, y especialmente en esta isla y las Vieques [página 295, edición de Madrid de 1838. | Abad en la Historia de la misma lo supone indígena, como casi todos
los escritores modernos. (186-87)

Al igual que Bachiller y Morales, tampoco culpamos a Colón por confundirse ante tanta variedad! Y como lo analizamos en la clase, uno de los recursos que empleamos como seres humanos al enfrentarnos a la descripción de algo nuevo, es la comparación.

La confusión entre niame y aje no queda ahí, sin embargo. En Europa también la palabra “batata” (aje) se comienza a usar como sinónimo para nombrar a la papa o patata (Solanum Tuberosum). También en Cuba Primitiva el autor explica este error, condenando el desconocimiento europeo, una marca más de lo que hoy podemos llamar un “colonialismo nominal”:

J. Everhard en su disertación Jatina, sobre cl solanum tuberosum, L, que fue premiada en 1825 por la Academia Rtheno-Trajectina; dice al hablar del boniato de quien omite este nombre: “His­ panis vocatur batatas, camotes, ages (pag.9 prefatio). Los españoles solo han aceptado el nombre de batatas en Europa; de camotes en México, y de ages al principio del descubrimiento; y cuando escribían en latín, usaban de la x para evitar quo se pronuncie ayes que cs el sonido de la j en latín en esa palabra: Everhard no ha tenido esto presente; pero acertó en el parentesco botánico del age y la batata.
Es cosa. notable la confusión de los europeos en la determinación de plantas americanas: lo prueba esto mismo, pues un especialista como Everhard se equivoca respecto de la papa; y posteriormente (1858) el Sr. Martinez Lopez en el Diccionario español-francés en quo es responsable de la parte española, dice: “Batata … patata, pome de terre, igname. Planta.” Se confunde el boniato, la batata con la papa, con el ñame, y para completar la vaguedad, con el nombre genérico de planta.

Es necesario aclarar que el gran interés por nombrar y describir los tubérculos, como lo explica Rebecca Earle, se debe sobre todo a una preocupación europea por la dieta propia. Uno de los mayores problemas que encontraron los españoles, además de la falta de carne, fue según Earle la ausencia de trigo con el cual hacer el pan. Nina Scott, en su artículo sobre el descubrimiento y la comida, señala también que la yuca fue incorporada rápidamente como sustituto para el trigo para hacer pan: “El pan de yuca que aprovisionó a la flota de Colón figura también en el relato que hace Bernal Díaz de su primer viaje a Yucatán, puesto que cuando zarpó la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, en 1517, ese pan representaba una parte de las provisiones de a bordo” (147).

El pan, en la lectura de Earle, tiene una connotación que excede la preocupación nutricional. En la tradición cristiana el cuerpo de Cristo se representa con el pan de trigo, “verdadero pan” como se lo llama prontamente para diferenciarlo de las preparaciones nativas (se preparaban panes con harinas de tubérculos antes de la llegada de los españoles, como el casabe de la actual región de Venezuela, o con otros granos como el maíz en el caso de las arepas y las tortillas). Sólo quienes pudieran comer ese pan podrían volverse cristianos y, consecuentemente, considerarse sujetos. Es decir, quienes comieran, como los indios, de panes “no verdaderos” tampoco serían “verdaderamente” humanos (706-07). En este aspecto, Rebecca Earle, a quien leímos junto con el Diario de a bordo en la clase, sostiene que la comida se convierte en una manifestación de la paradoja y ansiedad central del proyecto colonial: asimilar al otro pero diferenciarse de él (713).

Volver sobre los textos coloniales con un “ojo gastronómico” sin duda nos acerca al proyecto colonial desde lugares inusitados e igualmente valiosos para el análisis de su importancia y huellas en la actualidad.

Vanesa Miseres

(Rebecca Earle ha iniciado un interesante proyecto en torno a la presencia de la papa en textos previos al siglo XIX en el siguiente link).

Fuentes

Bachiller y Morales, Antonio. Cuba primitiva. Habana: Librería de Miguel de Villa, 1883.
Coll y Toste, Cayetano. Colón en Puerto Rico.
Earle, Rebecca. “If You Eat Their Food . . .”: Diets and Bodies in Early Colonial Spanish America. American Historical Review, Vol.115 (No.3). pp. 688-713.
Scott, Nina. “La comida como signo: los encuentro culinarios de América.” Conquista y comida: consecuencias del encuentro de dos mundos. Ed. Janet Long. México: UNAM, 2003. 145-54.

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